jueves, 20 de diciembre de 2012

NAVIDAD, BLANCA NAVIDAD

 
 Creo que el primer día que llegué a Salamanca para mi periodo vacacional navideño hablaba con mi hermana y alguno de mis mejores amigos, acerca de qué es para cada uno de nosotros la Navidad.
 
Para mi la Navidad será siempre juntarme con la familia en el pueblo: catorce personas alrededor de un fuego. Mis padres, Noe, mis tíos, mis primos, mis padrinos, mis abuelos, mi abuela Elena y mi tía Ludi, en una pequeña casa de un pueblo de la comarca de Vitigudino (La Moralita). Llegábamos, íbamos a misa a adorar al niño - y que dios me perdone- al cual le dejábamos cien pesetas que nos había dado mi tía Ludi, y luego a esperar a que la cena estuviera preparada y que su majestad, rey de España por la Gracia de Dios, estuviera dispuesto a empezar su omilía navideña. Veintiocho cenas de nochebuena hasta el día de hoy y siempre el mismo menú, creo que podré recordarlo toda mi vida: sopa de marisco, langostinos y tostón cuchifrito. Este año dicen que han convencido a mi abuelo para cambiar el cabrito de navidad por el tostón de nochebuena, a mi me da igual, éste será siempre mi menú de la noche del 24 de diciembre. 
 
Mi abuela pasaba horas friendo el tostón en aquél habitáculo oscuro al que llamábamos El Casillo, yo siempre muy intrigado, cercano a lo cotilla, me asomaba constantemente a ver cómo iba la cena, del que me echaban rápidamente por el olor y lo poco adecuado que era el casillo para un muchacho. Mi madre, siempre mucho más pragmática, traía la sopa ya elaborada desde Salamanca.
 
Y en lo que mi abuela freía tal cantidad ingente de tostón, los muchachos forasteros del pueblo nos juntábamos con los autóctonos a ver qué nos contábamos y qué nuevas traíamos de la metrópoli, qué nos deparaba la vida, aunque a unos muchachos de diez, doce o catorce años en la España de los noventa...pocas vicisitudes, la verdad, unos cromos, la búsqueda de algún animalejo al que dar guerra o bien una niña que empezaba a mirarte con otros ojos. Y en lo que comentábamos todo esto, alguna que otra mentira y el humo empezaba a tomar fuerza a través de las chimeneas, llegaba la hora de irse para casa, la cena estaba casi preparada, el partido de baloncesto del torneo de Navidad del Real Madrid estaba a punto de comenzar y el tostón no podía quedarse frío, con los años alguna que otra bronca me he comido por llegar no muy pronto y habiendo tomado alguna que otra cerveza.
 
El entrar en casa era toda una odisea, había que tener un cuidado extremo, ya que si dejabas cerrada la puerta del todo nos tragábamos el humo de la lumbre, y si abrías demasiado, pues te agarrabas un catarro de tres pares de narices. Vaya complejidad. Luego el colocar la mesa para los muchachos, como cualquier casa en nochebuena que se precie había mesa de adultos y mesa de niños. Creo que aun no degustaba tanto la comida como a día de hoy - y menos aun el vino-, pero aquello empezaba a prometer y tras la cena, cantar unos villancicos y atizar la lumbre para que aguantara buenas horas, llegaba la hora de Papá Noel. No era gran cosa materialmente, pero verlo entrar por la puerta de casa te hacía que por todo tu cuerpo recorriera un hormigueo que aun hoy puedo recordar perfectamente.
 
Y tras todos estos años no me queda ninguna duda de que los mejores recuerdos de la Navidad vienen con la ilusión, con los que queramos y deseemos seguir teniendo cada Navidad. Podemos criticarla por el consumo desaforado, o por olvidarnos de los millones de personas que hoy no pueden celebrarla. Cierto. Aunque más nos serviría el recordarlos en el día a día. Pero la capacidad que cada uno tiene por juntarse con la gente que quiere y por disfrutar con ellos de estos momentos, como si fuera esa Navidad alrededor de un fuego, esa ilusión de Plácido tras haber pagado la letra del motocarro o del sentirse querido de George Bailly, ahí es dónde debemos ahondar, por lo que me quedo con el mensaje de Kapra:  Qué bello es vivir la blanca Navidad.